Sectores de la diáspora de países vinculados al llamado “Socialismo del Siglo XXI” y al deslegitimado Foro de Sao Paolo —como Cuba, Nicaragua y, en cierta forma, Venezuela, donde ya hay una transición en marcha— señalan que la liberación se ha estancado este año, incluso después de la extracción del dictador Nicolás Maduro. Sin embargo, sí se ha avanzado en la depuración del castrochavismo, independientemente del pesimismo colectivo y de ciertas críticas a la administración actual en Estados Unidos.
Como nunca antes, el resquebrajamiento de ese socialismo del fracaso atraviesa su peor momento, tanto por su propio agotamiento como por la presión persistente de la derecha norteamericana a través de la alianza Escudo de las Américas y de la Organización de los Estados Americanos (OEA), hoy revitalizada para restablecer el dominio hemisférico democrático.
Venezuela avanza gradualmente en la recuperación de su institucionalidad. Aunque parezca paradójico, la continuidad transitoria tras la salida del tirano Nicolás Maduro, con su mano derecha al frente de forma momentánea, Delcy Rodriguez y el retorno de la líder opositora María Corina Machado, demuestran que es posible un tránsito sin violencia de la tiranía a la democracia.
Cuba, isla desgarrada y hambrienta, con una sociedad famélica que aún no despierta la solidaridad política mundial que se merece, camina hacia un cambio de sistema. Parte de su diáspora confía más en la gestión estadounidense que en la lucha persistente de la propia oposición exiliada, que pareciera a veces perder esperanzas ante la intensa agenda global de una potencia como Estados Unidos.
Nicaragua, que según la prensa internacional no tiene la misma sinergia mediática que Cuba y Venezuela, sí articula una oposición partidaria interna con un gran respaldo de la comunidad internacional en apoyo a las ansias democráticas de su ciudadanía.
De esa amalgama, la batuta principal la llevan la OEA, con más del 90 % de sus naciones cerrando filas, y el Escudo de las Américas, con un discurso más frontal hacia Managua desde su entramado político e ideológico respaldado por la derecha en el poder. Esa coincidencia empieza a traducirse en gestiones diplomáticas concretas frente al régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, en una lucha decisiva y sin retroceso.
El pasado 2 de octubre la OEA aprobó la creación del Grupo Ministerial de Seguimiento sobre Nicaragua, integrado por diez países, lo que abre una fase decisiva para buscar una salida a la severa crisis intensificada desde 2018. Su objetivo principal es procurar un diálogo directo con el régimen; siendo el primer paso intentar visitar el país y reunirse también con la oposición política (soterrada pero viva), la sociedad civil y el exilio.
Por cierto, el Comité Ministerial de Seguimiento sobre Nicaragua en la OEA, subió a 10 miembros, 7 de ellos pertenecen al Escudo de las Américas, lo que evidencia una agenda vital en este proceso de liberación.
La prueba de fuego será esa reunión en Managua. De concretarse, el régimen deberá abrir compuertas políticas hoy censuradas, pero que mantiene comunicación discreta con la diáspora, sobre todo entre sectores liberales, conservadores, socialcristianos y contras. Luego, la comisión deberá presentar un informe y evaluar situaciones críticas como la de los presos políticos y desaparecidos.
Por otra vía, el Escudo de las Américas, que seguirá siendo impulsado por Estados Unidos pese al revés del Ejecutivo en las elecciones de medio término, como ha ocurrido anteriormente con expresidentes como Obama, Biden y el propio Trump en su primer período, plantea una respuesta continental a la inseguridad mediante la cooperación contra el narcotráfico, los cárteles y el crimen organizado transnacional y su agenda de seguridad tiene un alcance distinto al mandato democrático de la OEA, aunque ahora convergentes.
Frente al socialismo del siglo XXI, la región debe sostener una posición firme contra la represión de las dictaduras, respaldando tanto la lucha de las oposiciones de Cuba y Nicaragua como a sus exilios con apoyo internacional.
En Nicaragua para un diálogo sobre la transición, la oposición partidaria deberá ser interlocutora esencial, con agenda propia y capacidad de negociación. El primer resultado exigible es el cese de la represión y la libertad de todos los presos políticos. Debe restituirse la personería jurídica de los partidos Ciudadanos por la Libertad (CxL), Restauración Democrática (PRD) y Conservador (PC), así como la representación legítima del Partido Liberal Independiente (PLI). Con esas libertades restablecidas, debe abrirse un calendario de transición que culmine en garantías ciudadanas y elecciones libres, competitivas y con observación internacional.
El acuerdo que abra la transición deberá responder, ante todo, a la voluntad de los nicaragüenses expresada en las urnas. En esa misma causa, con variantes propias para Venezuela y Cuba, trabajan la OEA y el Escudo de las Américas: contra el carcomido socialismo del siglo XXI y a favor de la libertad de Venezuela, Cuba y Nicaragua.







