A los niños de cinco años cuando les preguntan, que quieren ser –aunque no saben quiénes son todavía siquiera–; responden: bomberos, policías; o “como mi papá”. Pero hay sociedades, como la hondureña que no sabe hacia dónde va. Y menos si quiere ir a alguna parte. Durante la firma del Acta de independencia de la Capitanía de Guatemala –de la que formaba parte– se separaba de España no había un proyecto común que indicara hacia donde caminar. José Cecilio del Valle puso en el documento fundacional que había que escuchar a los pueblos. Nadie le hizo caso. Unos tiraron para un lado; y otros hacia el otro. Hasta que la cuerda se rompió.
Cuando José María Medina, en forma natural, como quien decide almorzar o no, decidió que seriamos República, nadie preguntó para qué. Marco Aurelio Soto, –tan vilipendiando por los ignorantes–, fue el primero que entendió que había que reformar para modernizarnos e industrializarnos. Policarpo Bonilla, con todo y su enorme talento para satisfacer sus caprichos, nunca supo para donde llevar el país. Manuel Bonilla, con más sentido común que reflexión –porque no tenía aguas suficientes para navegar por ella– creyó que debíamos ir hacia formas nuevas de organización jurídica que hicieran posible el capitalismo.
Ahora, el presidente Nasry Asfura no sabe para dónde va. Abrumado por los problemas no tiene tiempo para pensar. Lo que “le dicen por un oído, le sale por el otro”. Y como no dialoga, ni escucha, no tiene oportunidad para la reflexión y la indagación sobre que estamos haciendo, donde estamos; y que podemos hacer para ir a cualquiera parte. Mel Zelaya creyó que podía ir detrás de Fidel Castro, Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Subordinado –se satisfizo con su figuración internacional, competiendo con el cardenal Andrés Rodríguez– sin darse cuenta que en el escenario externo hacia el ridículo, –no solo por el sombrero fuera de lugar– sino que por las limitadas expresiones suyas que no fueron más allá de repetir consignas elementales, las únicas que podía manejar coherentemente.
Salvador Nasralla, tampoco sabe para dónde va. Ni le interesa. Se imagina como el “Alep” de Borges. Es estación de salida y de llegada porque es el único punto donde convergen todos los puntos. Donde se para esta la meta. Por eso sigue comentando jugadas de futbol y no cambiara en sus posturas y rabietas repitiendo expresiones vacías e insustanciales. Tomás Zambrano solo quiere la burra, “montura” o el “galápago” presidencial. No le interesa más. Le justifica Juan Orlando Hernández (JOH) que estaba antes en la fila; y que como ya comió debe irse a un rincón. Y callarse. Carece de los arrestos filosóficos y fabulísticas del “chele” Flores que aunque nunca supo donde quería ir cuando fue presidente, ahora pasa feliz hablando con los animales, recogiendo mierda de los perros ajenos; creyendo que hace filosofía mientras busca la espada de Morazán para ceñírsela a la cintura, porque está de moda. En fin, para los políticos no hay destino que buscar. Les satisface el gozo lujurioso del poder. Todos: los viejos, los “camulianos” y los “tiernos” con olor a orines. Creen que basta repetir la cantaleta de Nayib Bukele, inventar coordinadores; y llegar al poder donde hay comida suficiente para ellos, sus compañeros y sus familiares.
Honduras como sociedad nunca ha sabido para dónde va. Napoleón Viera Altamirano el fundador de “El Diario de Hoy” de San Salvador quería hacer “el país más grande de Centroamérica”. Los ticos, por momentos buscaron ser “la tacita de oro” de la democracia continental. ¡Hasta que llego Rodrigo Cháves! Ahora quieren ser la sucursal carcelaria “bukeliana”. Y para Roma va como Zambrano a pedirle al “pontífice” de las prisiones, como construir el “hotel” carcelario igual o mayor de América Latina.
Una sociedad debe tener metas, objetivos y puntos de llegada. Mel Zelaya –por gracia del Espíritu Santo– por un momento, pensó que había que decidir hacia donde ir. Y creo un “Plan de País” y un “Proyecto de Nación” que Pepe Lobo convirtió en ley. Pero como Xiomara Castro es torpe e incompetente que cuando llegó al Ejecutivo, no se le ocurrió retomar algo que había hecho bien su marido; pero que él, en su escasa habilidad memorística, también había olvidado.
Esto no puede seguir así. Honduras no puede esperar que los gringos piensen sobre su futuro. Esa es obligación de los hondureños. Alguien de entre todos debe decidir. Como Moisés ponerse de pie y señalando el desierto y ordenar: ¡vamos para allá! Donde haya miel para todos, tranquilidad para todos y orgullo suficiente para todos. Porque solo así los demás, nos respetaran; o nos temerán. ¡Recuerden que el 2050 esta próximo!







