Alicia Araque y su marido, Clíver Urdanet, viajaron casi 2,500 kilómetros sorteando aventuras y autoridades migratorias hasta El Salvador para conocer que con Wílmer Vargas son familia, no de sangre, sino de sueños, deseos y aspiraciones. Los tres anhelan llegar a Estados Unidos, trabajar, ganar alguna plata y tener una mejor vida de la que llevaban en Venezuela, donde ahora todo es un infierno y donde ya no se puede ni vivir.
Se conocieron en San Salvador y ahora, como dicen ellos mismos, son más panas que cualquier pana. Mientras reúnen dinero para continuar su viaje rumbo al norte, piden una “ayudita, una bendición, una monedita” en el transitado Bulevar de Los Héroes, la vía más importante que cruza gran parte de San Salvador de norte a sur.
Desde hace una semana deambulan por una zona de la capital, cargando sus mochilas, unos carteles naranja con los que piden a los conductores que se apiaden y les ayuden.
Algunos responden, otros simplemente se van de largo, sin siquiera volverlos a ver.
“Un saludo, papá, gracias a El Salvador por apoyarnos, tienen muy buen corazón… El Salvador, sin palabras, son gente muy buena, muy generosa. Aparte de que te dan una moneda, te dan la bendición y eso es importante para nosotros”, dice Wilmer, quien se declara seguidor del difunto Hugo Chávez, pero que sostiene que Nicolás Maduro, el gobernante de su país, es corrupto.
“Vi cosas feas, vi el infierno”
Clíver Urdanet tiene 33 años y con su mujer y sus tres hijitos, Joswuer (7 años), Clíver (4) y Cleivelín (2) solo piensa en seguir hacia el norte.
Probó suerte en Chile, Argentina, Perú, Ecuador, Colombia y ahora El Salvador. Su trajinar lo llevó al infierno, al Darién, la temida selva panameña que solo este año un cuarto de millón de migrantes irregulares sudamericanos han atravesado para llegar a Estados Unidos.

“Yo me estaba ahogando, yo pasé en el momento de la lluvia y si no es por otro compañero estuviera ahogado”, contó. “Vi gente muerta en las carpas. Y así vamos, luchando poquito a poquito. Descansamos una semana, le damos 3 días más”, agrega.
Wilmer añade que “en tiempos de Chávez, le abría los brazos a todo el mundo y hoy en día nos toca emigrar a nosotros los venezolanos… todo el mundo nos cierra las puertas”.
Los dos saben que llegar a Estados Unidos es en extremo difícil, pero no les importa. Se juegan el riesgo de ser detenidos y deportados. Aquí o en México, donde esperan estar en pocas semanas o en la frontera sur estadounidense.
Saben del parole humanitario para los venezolanos y que no aplican para él.
Alicia, quien como su pareja es de Maracaibo, espera que su hermano llegue a San Salvador en los próximos días.

“Vendió su casa para tener dinero y hacer el viaje, la vendió en $300, solo en $300”, cuenta.
“Dormimos donde podemos, pequeños hoteles, donde podemos pagar. La gente nos ve como jamón, cuando nos oyen hablar creen que tenemos dinero, no, chamo, dinero no tenemos”, agrega Wílmer.
No hay vuelta atrás para ellos. Volver a Venezuela no es opción. “Nos arrestan, chamo, en Venezuela nos arrestan por traición, no podemos volver”. Sin ver a su familia lleva ya 5 años. Y su sueño es juntarse de nuevo con su mamá, aunque viva “angañada con el gobierno”